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La Coctelera

Jorge Daniel Pedraza (Coco)

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19 Julio 2006

"Del otro lado de la mirilla", el libro de la Asociación Civil "El Periscopio"

Un grupo de ex presos políticos que estuvieron en la Cárcel de Coronda entre 1974 y 1979, año en que fueron trasladados a otros penales del país, son los autores de este libro "Del otro lado de la Mirilla". Sus nombres son ABRILE, Héctor Alberto; ACOSTA, Lidio Juan; AGUIRRE, Froilán; ALVAREZ, Daniel Eduardo; ANTONIOLI, Humberto Virgilio; BALLARINI, Carlos Oscar; BARQUIN, Orlando Antonio; BAS Y MANSILLA, Osvaldo Daniel; BOERO, Eduardo Andrés; BUGNA, Rafael José; CASTRO, Raúl Alberto; CEPEDA, Roberto Jorge; CETTOUR, José Alberto; CHIARTANO, Alberto Raúl; CLEMENT, Oscar Julio César; COUTAZ, Víctor René; CUESTA, José María; DE FEO, Enrique Antonio; DEMIRYI, Carlos Miguel; DESTEFANI, Jorge Alberto; DRUETTA, Francisco Eduardo; FERNÁNDEZ, Antonio Gregorio; FERNÁNDEZ, Eduardo Luis; FERRARI, Sergio Gustavo; GENTILINI, Juan Oreste; HISI, José Luis; IRURZUN, René Heraldo; KONDRATZKY, José Ernesto; LOPEZ, Félix Manuel; MANSILLA, Raúl Patricio; MARQUARDT, Alberto Eduardo; MAULIN, Rubén; MEDINA, Héctor Hipólito; NUDEL, Raúl Oscar; ORTIZ, Víctor Hugo; ORTOLANI ASUAR, Luis; PALOMBO, Jorge Raùl; PANCALDO, Rubén Osvaldo; PAULON, Victorio Dante; PEDRAZA, Jorge Daniel; PITA, Miguel Augusto; POT, Hugo Marcelino; POZZO, Roberto Luis; RAVIOLO, Carlos Alberto; RICCIARDINO, Cèsar Bautista; RICO, Miguel Angel; RIOS, Rubén Eduardo; RIVERO, Ricardo Daniel; RUIZ, Héctor José; SÁNCHEZ, Anibal Luciano; SANTA CRUZ, Norberto Ramón; SARO, Augusto Vìctor; SASSI, Raúl; SCOCCO, Carlos Orlando; SELVA, Carlos Armando; SEMINARA, Eduardo Jorge; SUAREZ, Ernesto Ramón; USINGER, Carlos Adolfo; VENTURINI, Efrén Isidro; VILLARREAL, José Martín; VISO, Raúl Abelardo Ramón y VIVONO, Alfredo Néstor.-

Auspiciado por el Museo de la Memoria de la ciudad de Rosario, apareció “Del otro lado de la mirilla, olvidos y memorias de ex presos políticos de Coronda 1974-1979”. Con prólogo de Adolfo Pérez Esquivel, este libro narra con sencilla crudeza la experiencia colectiva de un grupo de sobrevivientes de la dictadura. Lote reproduce a continuación la Introducción de los autores. Por Luis Saavedra.

"Aquel sábado de diciembre de 1999, las paredes de una escuela pública, sus bancos y sus mesas fueron mudos testigos de un encuentro y marco del comienzo de un proyecto que hoy comienza a ser realidad.

Allí nos reunimos veteranos compañeros de las cárceles de la dictadura genocida, protagonistas de una época trágica que marcó a fuego a nuestra sociedad y a parte de los sobrevivientes de una generación política que se atrevió a enfrentar a los “dueños” de nuestro país y del mundo.

Junto con nosotros llegaban los recuerdos y las emociones, los abrazos apretados del reencuentro. Poco a poco se fueron formando grupos en distintos lugares del salón, en algunos casos reunidos por viejas identidades políticas, en otros, por amistades forjadas en el encierro carcelario.

De pronto, rodeando una mesa, algunos nos encontramos en las miradas de una identidad común: sin darnos cuenta, todos los ex presos corondinos presentes en aquella reunión nos habíamos agrupado dejando de lado toda otra pertenencia política del pasado. Sentimos que el espíritu unitario que habíamos forjado tras los muros dos décadas atrás seguía latente y predominaba entre nosotros.

Alguien preguntó entonces: –¿Hasta cuándo vamos a decir que todavía los ex presos políticos, testigos directos del terrorismo de Estado, no hemos dado testimonio colectivo a la sociedad, acerca del funcionamiento de esa maquinaria del horror? Y terminó diciendo: –Empecemos por Coronda.

La aceptación de la propuesta fue unánime, sin detenernos a pensar en detalles. Solamente acordamos encontrarnos un mes después. Así, a casi 25 años de una resistencia protagonizada conjuntamente, un grupo grande de “corondinos” comenzamos a reunirnos para encarar esta experiencia absolutamente inédita de escribir un libro en forma colectiva.

La solidaridad y el amor a la vida que nos permitieron existir y volver a ser hombres comunes que trabajan, tienen familia y son capaces de reír, debía expresarse de una manera nueva, rescatarse en las condiciones concretas de nuestro tiempo.

A los pocos meses de haber lanzado aquella semilla al aire, un terreno fecundo la recibió. Alrededor de cien compañeros nos reunimos en la ciudad de Santa Fe, muchos provenientes de los lugares más recónditos de la geografía nacional; alguno viajando desde algún lejano rincón de su antiguo exilio. Sobraron las emociones, no faltaron las dudas, pero primaron los afectos y el compromiso de dejar un nuevo testimonio escrito sobre aquellos años del horror.

Durante largos meses fueron y vinieron correos con los aportes más diversos. Poco a poco casi todos los aspectos de nuestra vida carcelaria iban apareciendo en los escritos. Los relatos circularon entre un nutrido grupo de compañeros, y al cabo de un año se nos volvió imperioso comenzar a decidir qué forma tomaría el libro.

La reunión de Rincón en febrero del 2001 marcó un hito en esa toma de decisión; por tal motivo, algunas frases pronunciadas en dicho encuentro han sido transcriptas textualmente en el libro.

Allí comprendimos que había dos pilares –acordados por consenso– sobre los cuales debía asentarse el trabajo. Uno era el carácter testimonial. Más allá de los recuerdos y olvidos de nuestra memoria, lo que importaba era escribir como protagonistas de una experiencia concreta de resistencia en un campo de detención de presos políticos. Como tales nos presentamos en los relatos: militantes populares decididos libremente a enfrentar en forma colectiva un plan sistemático de represión, aislamiento y aniquilamiento de personas.

El segundo acuerdo fue que aquella unidad forjada en la resistencia carcelaria al terror dictatorial, debía reflejarse hoy en la concreción del libro pero no en la búsqueda de un testimonio único y homogéneo. Y comenzamos a hablar de “la voz de las distintas voces”.

Se nos presentó de inmediato un difícil problema: ¿cómo organizar una gran cantidad de escritos individuales en el marco de un trabajo colectivo? Distintas visiones, diversas formas de expresión, estilos tan variados, distintas etapas represivas... ¿Cómo empezar el libro, qué relatos seleccionar, cómo enlazar cada testimonio?

Finalmente, las cosas se fueron encaminando sobre la marcha. Cada ocasión en que nos encontramos trabados, alguien llegó a tiempo para aportar una idea novedosa que nos hizo retomar el cauce. Como en la cárcel, la creatividad de cada uno fue la herramienta más rica con que contamos. Como en Coronda, todos fuimos protagonistas; desde el que acompañó cebando mate hasta el que escribió el aporte más literario.

Así, como en una ronda o en una típica ranchada carcelaria, los relatos se fueron acomodando, “saltando” de un tema a otro y “jugando” con los tiempos y las emociones. Un buen día nos pareció que habíamos llegado al momento del cierre y convocamos al conjunto de ex presos corondinos para presentarles los borradores del libro y hacer una última invitación para recibir nuevos testimonios. Aquel domingo de octubre del 2002, junto con la llegada de un centenar de compañeros, la presencia de muchas familias completas dio el marco propicio para el cierre que tanto habíamos soñado.

Este tapiz de relatos, escritos y testimonios que finalmente presentamos a la sociedad –y especialmente a las nuevas generaciones– creemos que tiene los colores particulares del mundo pequeño, pero propio, activo, organizado y solidario, que supimos construir entre esos muros de la infamia.

No pretendemos ser voceros de nadie, ni mucho menos apropiarnos de una experiencia que pertenece a más de un millar de hombres que vivieron “del otro lado de la mirilla”, detrás de los muros de la cárcel de Coronda. Nuestra intención arqueológica de desenterrar, des-olvidar, contar, narrar, relatar, decir, historiar, recuperar la palabra como instrumento de la Resistencia, tiene el valor de un testimonio que nos dignifica como sujetos y que está fundamentalmente dirigido a los “nuevos sin palabra”, a los a-memoriados y los des-memoriados, para convertir su olvido en lo in-memorial.

Nuestra mejor recompensa sería saber que aportamos un grano de arena en la prolongada tarea de reconstrucción de la memoria: transmitir un mensaje que desde hace 20 años nos debíamos a nosotros mismos, a los que hoy no están, a nuestras familias y a la conciencia colectiva de nuestro pueblo".

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Cotidiano | Diciembre 2003
Agradecemos afectuosamente a Carlos Usinger la redacción para Divulgón de esta nota En la misma vuelca su propia experiencia personal como preso político durante 2 años y medio de la dictadura militar argentina. Carlos es uno de autores de Del otro lado de la mirilla, libro de reciente aparición donde un grupo de ex presos políticos relatan su vivencia dentro del penal de Coronda el que formó parte del sistema represivo con que el estado Argentino intentó destruir todo atisbo de rebeldía a su plan de entrega y sometimiento

Sobrevivir a la represión

Por Pepe Reja

Normalmente relacionamos la tecnología con aquellos productos sofisticados, que sólo pueden desarrollarse en laboratorios de extrema complejidad.

Algunos de ellos contribuyen a mejorar nuestra calidad de vida, como las comunicaciones y el equipamiento médico, otros sólo aportan al lujo y al confort de las clases pudientes y otros, desgraciadamente, como los productos bélicos, aportan a lo peor de nuestra condición humana.

Sin embargo la tecnología cubre un amplio rango de productos, desde los más rudimentarios hasta los más complejos, y está indisolublemente ligada a la vida del hombre y más precisamente a su instinto más primitivo: el de supervivencia.

Para no pecar de soberbios, en realidad, deberíamos recordar que algunos animales son capaces también de deslumbrarnos con sus creaciones tecnológicas, desde el dique construido por los laboriosos castores hasta el más criollo nido de un hornero o el doméstico pero siempre sorprendente tejido de una araña.

Si bien los argentinos nos hemos convertido en expertos en el difícil arte de sobrevivir, a fuerza de convertibilidades, desconvertibilidades, inseguridad callejera y otras yerbas, y cada uno de nosotros sería capaz de escribir su propio manual de supervivencia urbana, nos dedicaremos hoy a un libro , que puede tener varias interpretaciones, pero que básicamente nos narra la supervivencia de un grupo humano enfrentado a las condiciones más adversas.

Del otro lado de la mirilla cuenta la vida de los presos políticos que estuvimos alojados en la cárcel de Coronda durante la última dictadura militar.

Si bien el relato se centra en aquellas virtudes humanas, como la unidad, la solidaridad y la organización, que permitieron a estos hombres enfrentar y, de alguna manera, derrotar a una maquinaria represiva destinada a destruirlos síquica y moralmente, también juega un rol protagónico la creatividad, materializada en una serie de modestos “artefactos tecnológicos” construidos desde la escasez absoluta de recursos materiales pero que jugaron un papel clave en la resistencia intramuros.

El periscopio:

Con este nombre se conocía a un modesto espejito, el más simple pero sin duda el más útil de estos artefactos, que podía asomarse por uno de los agujeros de ventilación de las puertas de las celdas, y gracias al cual, se podía observar los movimientos de la guardia, para alertar a los compañeros cuando los “botones” entraban al pabellón: el eterno juego de los ratones y el gato.

En este caso la complicación estaba en transformar en espejo a un vidrio que no lo era. La receta era simple: Se buscaba un vidrio pequeño, se pulían sus bordes contra la junta de cemento de los mosaicos del piso y se ennegrecía una de sus caras con el humo producido por la combustión de un papel. Inmediatamente se bañaba esta cara con plástico derretido, generalmente proveniente de la tapa de un tubo de dentífrico, y antes que el material se solidificara, se aprovechaba su estado pastoso para hacer un pequeño agujerito donde más tarde se insertaría una pajita de escoba que serviría como sostén del engendro.

En pocos minutos el aparatito estaba listo para volcar la balanza hacia el lado de los ratones.

Los guardias sabían que este pequeño dispositivo era la clave de nuestra vigilancia, de manera que lo buscaban denodadamente en cada una de las sorpresivas requisas que hacían.

Pocas veces tuvieron éxito: gracias a su pequeño tamaño y a sus bordes redondeados el peri se podía esconder en la boca y tragarlo sin que dañase el aparato digestivo. Sus materiales no eran atacados por los jugos gástricos, de manera que podía recuperarse luego de una minuciosa y maloliente búsqueda, algunos días después, cuando el peri finalizaba su largo viaje intestinal.

El "barrido" con periscopio y el "teléfono" por el inodoro

Cálculo de distancias:

Cuántas veces, como alumnos secundarios nos preguntamos para qué diablos nuestros profesores nos torturaban con trigonometría y otros complicados temas de matemáticas.

Esta pregunta tiene muchas respuestas, pero si alguno de Uds. alguna vez (Dios no lo permita) fuera a dar con sus huesos a una cárcel, la matemáticas podría servirle para recuperar la libertad, o por lo menos para planificar un buen plan de escape.

Cuando los presos de Coronda planearon su fuga, se encontraron, entre otros innumerables inconvenientes, que no conocían exactamente las medidas de la cárcel:
¿Qué altura tenía el muro? ¿Qué distancia separaba a las garitas de vigilancia entre sí? Todas estas dudas fueron despejadas gracias a un semicírculo, que habíamos logrado esconder en épocas en que estas cosas estaban autorizadas, y un simple sistema de maderas que permitían medir el ángulo que se formaba entre dos puntos lejanos y el observador.

Conociendo alguna de las distancias de un imaginario triángulo rectángulo, podíamos calcular las otras gracias a un simple cálculo trigonométrico.

Radio a galena:

En los albores de la electrónica, cuando un receptor de radio era un elemento caro, que pocas familias podían permitirse comprar, y cuando las bondades del silicio todavía eran ignoradas por los físicos, algún ingenioso hobbista inventó una radio muy simple, que no necesitaba pilas y que aprovechaba las propiedades rectificantes del cristal de galena.

Pese a su simplicidad permitía escuchar las emisoras más potentes.

Varias décadas después, mientras la política de Martínez de Hoz le abría las puertas a la importación y los países del sudeste asiático nos inundaban con toda clase de aparatos electrónicos, hundiendo a una próspera industria nacional y condenando a la desocupación a miles de trabajadores argentinos, a los huéspedes de Coronda se les había prohibido todo medio de comunicación con el exterior: ni diarios, ni radios, ni televisores podían habitar sus austeras celdas.

Sin embargo, en los días previos al golpe militar, cuando ya se veía venir el endurecimiento del régimen carcelario, los compañeros decidieron esconder algunas pequeñas radios a transistores, con las que escuchaban los noticieros nocturnos, a escondidas de la guardia.

El problema era que, tarde o temprano, las pilas se agotarían y no había forma de sustituirlas.

Surgió entonces la idea de recurrir a las viejas artes de nuestros abuelos: despanzurrando una radio vieja se acopló el circuito sintonizador a un rectificador, con su condensador de filtro, y de allí a unos auriculares. Esto que puede ser un trabajo de 5 minutos en un taller mínimamente equipado, seguramente llevó muchas horas de trabajo a los compañeros que no disponían de alicates, ni de soldador, ni mucho menos de estaño.

Cuenta la leyenda que la radio a galena se enterró en un patio, para evitar que fuera encontrada por los guardias, pero fue descubierta poco tiempo después, por una prolija revisión que los guardias, pala en mano, hicieron de esta zona.

A pesar de que nunca llegó a cumplir su noble objetivo, la precaria radio se ganó un lugar destacado en la galería de los artefactos tecnológicos que ayudaron (o prometieron ayudar) a resistir a la aislación y el verdugueo.

El submarino:

Sin lugar a dudas, la “vedette” de las creaciones tecnológicas en Coronda, fue el submarino que se construyó para medir el ancho de los desagües, a través de los cuáles pensábamos huir rumbo a la libertad.

Confieso que nunca vi al ingenioso aparato, pero puedo imaginarlo a través de la detallada descripción que nos brinda el libro.

El cuerpo del submarino estaba constituido por dos talqueras de plástico, pegadas entre sí y su flotabilidad se regulaba (principio de Arquímedes mediante) añadiendo o quitando arena en su interior.

"En la parte delantera e inmediatamente atrás de la tapa roscada, llevaba adosado dos mecanismos que se denominaron aletas.

Dos horizontales y dos verticales y que consistían en dos maderitas de unos veinticinco centímetros de largo cada una, montadas sobre un pequeño eje que permitía que por la fuerza de un elástico se abrieran, como se despliegan en el espacio actualmente los paneles solares de los satélites. Estas maderitas, tanto las horizontales como las verticales se plegaban sobre el cuerpo del submarino. Este requisito era necesario ya que en la entrada de la cloaca por donde debía ingresar el submarino había instalada una reja. Los barrotes estaban separados unos diez centímetros unos de otros, cumpliendo el rol de seguridad y de contención de basura.

Para navegar en el interior el submarino debía ingresar con sus aletas plegadas, atravesaba la reja y luego adentro debían desplegarse las aletas. Para ello, tanto las aletas verticales como las horizontales se sujetaban con un hilo delgado que las mantenía unidas al casco y que atravesaban por agujeros muy delgados que se habían practicado en un recipiente de plástico de unos dos centímetros de diámetro, instalado en la parte de atrás del casco del submarino."

En ese tubo, se instalaba un trozo pequeño de espiral para los mosquitos, de una altura superior a la de los hilos que sujetaban las aletas horizontales y verticales. Antes de lanzarlo al agua, el espiral se encendía y al llegar a la altura de los hilos los quemaba. Al quedar liberadas las aletas de la sujeción del hilo, se desplegaban por la acción del elástico. De esta manera las aletas horizontales medirían el ancho de la cloaca y las verticales la altura de la misma. El ángulo de apertura de las aletas quedaba registrado.

"El submarino poseía además en su parte delantera, una brújula registro. Esta se construyó imantando una hoja construida con la mitad de una hoja de afeitar sometida a la electricidad. Se la montaba en el centro de una cajita redonda con tapa de plástico de pastillas de remedios. La hoja tenía una pequeña protuberancia en el centro lo que le permitía girar hacia un lado o el otro. Al hacerlo empujaba dos pequeños hilos muy delgados y extralivianos que habían sido previamente endurecidos con cola de pegar. Ello registraba las curvas que el submarino realizaría en su navegación por dentro de la cloaca, al girar la brújula hacia un lado y el otro.

En la tapa de popa, o sea de atrás, se fijaba un hilo de plástico de unos veinticinco metros de largo, que se iría largando para que el navío realice su trayectoria y luego se recupere nuevamente.

Luego de su construcción, solo restó esperar un día de mucha lluvia para ponerlo a navegar”

Así podría seguir describiendo una larga lista de artefactos que simplificaron nuestra vida carcelaria o que, como el submarino, alimentaron nuestros sueños de libertad, pero su descripción excedería las intenciones de esta nota.

En esa lista deberían incluirse, entre otros, a un calentador eléctrico, anteojos de cartón, bombas de humo, un farol con bichitos de luz y hasta una rudimentaria pistola casera cuya descripción podrán encontrar en las páginas del libro.

“La técnica, más aún la tecnología no son especies neutras, a-ideológicas. Sólo pueden ser concebidas desde una cosmovisión determinada. En nuestro caso, los valores supremos que movían a este proyecto eran los de la libertad y el aprecio profundo por la vida.”

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Revista de Madres de Plaza 25 de Mayo Rosario y Abuelas de Plaza de Mayo Rosario.Octubre de 2004. Del otro lado de la mirilla. Libro colectivo testimonial de ex-presos políticos de la Cárcel de Coronda (1974-1979). Ni el terror paralizó la resistencia, ni el tiempo pudo con la memoria. “Del otro lado de la mirilla” son páginas mojadas por lágrimas y secadas por alegría y vida. Sesenta ex-presos políticos de la cárcel de máxima seguridad de Coronda, Provincia de Santa Fe, presentan el primer libro colectivo de esta naturaleza en Argentina -y tal vez en el continente. Década de los setenta, años de barbarie en América Latina. Y del recuerdo al relato.“...Aporte al rescate de la memoria colectiva... que respira escondida bajo la amnesia obligatoria”, al decir del escritor uruguayo Eduardo Galeano al comentar la obra. Un campo de concentración “legalizado”. La mañana comenzaba muy temprano aunque el día sería largo, sin actividad permitida alguna. No se podía trabajar, no estaba autorizada la lectura ni el deporte, el encierro en celdas individuales (o de a dos), era de 23 horas sobre 24...cuando llovía se perdía el único momento de recreo grupal. Cualquier violación al reglamento carcelario interno -que nadie conocía a ciencia cierta - se transformaba en más encierro y aislamiento, tal como señala un informe que presentara a Amnistía Internacional y al Consejo Mundial de Iglesias a inicios de 1979, un preso liberado. Silbar en la celda, podía significar diez días sin la hora de recreo diario, e incluso la pérdida de la visita mensual. Todo estaba prohibido y los castigos se multiplicaban por cualquier cosa. Elinforme indica una cincuentena de motivos de punición: hablar con el preso vecino a través de la ventana; tener una tela de araña en el techo; sentarse sobre la cama durante el día; hablar solo en voz alta; sonreír a un compañero en la fila de formación; hacer gimnasia o bañarse en la celda...El aislamiento total de casi un año, luego del Golpe militar se prolongó con un sistema mensual de visitas cortas, sin contacto físico alguno, únicamente con los familiares directos. La distancia absoluta con el mundo exterior se convirtió en una de las filosofías principales del régimen de máxima seguridad corondina. Combinada con el desamparo legal, nadie sabía cuando acabaría su pena y la mayoría ni siquiera proceso jurídico alguno tenía. Todos a la merced del carcelero, del cerebro militar; del poder dictatorial. No había ni juicios justos ni verdadero derecho a la defensa. Días, semanas, meses, años, transcurrían linealmente sin poder imaginar cuando todo podría terminar. La prisión de máxima seguridad de Coronda, cuya dirección fue asumida por Gendarmería Nacional -dependiente del ejército- fue concebida luego del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 como un verdadero laboratorio experimental ...Se aplicó en ella uno de los más sistemáticos planes de destrucción física y psicológica con el claro objetivo de quebrar ideológicamente a los presos que pasamos por sus celdas.Resistir para sobrevivirA régimen brutal; resistencia colectiva, ordenada, unitaria. Cada celdita se fue convirtiendo en una trinchera, cada grupo de celdas cercanas, en los tres pisos - verdaderos “barrios”-adquirieron el perfil de conventillos/bastiones de un combate colectivo diario. Si los guardias obligaban a cerrar las ventanas externas -para impedir toda comunicación entre las seis celdas emparentadas-, los “teléfonos” se multiplicaban en segundos. Cada preso vaciaba el agua de su inodoro y entre olores nauseabundos y alguna rata espantada, se reconectaba el contacto interno de inmediato. El “idioma de las manos” de los sordomudos y el morse carcelario a través de las paredes, o a través de los hoyitos respiraderos de debajo de la puerta,amortiguaban el silencio verde-gris de los barrotes. ¿Cómo hacer todo esto sin ser sancionados por los carceleros que rondabanpermanentemente por los pasillos de las tres plantas dispuestos a castigar -incluso físicamente- a quienes les desafiaban?Un entramado sistema de controles por cada ala de pabellón, utilizando para ellos pequeños espejitos (los “periscopios”) que se colaban por debajo de la puerta y que permitía observar por esas ranuras, los movimientos de los guardias. Un sistema no menos dinámico de golpecitos en las paredes indicaba cuando el terreno estaba despejado o cuando los carceleros acechaban. Los “periscopios”, principales aliados, se convirtieron con el tiempo en el símbolo de la protección colectiva; en pararrayo defensivo que separaba lo auto-permitido de lo prohibido, que abría el camino para el sancionado intercambio con los otros compañeros presos. Hablar, escuchar al otro...el sagrado misterio de la comunicación humana. Quebrar elaislamiento era ganar la gran batallita. Combatir -con la paciencia del que tiene todo el tiempo del mundo a su favor- fue sinónimo de sobrevivencia. La gambeta contra el carcelero cercano, desde la cárcel, desafiaba el poder militar que aplastaba afuera y adentro. "La resistencia colectiva cotidiana constituyó así, la otra cara de la moneda corondina. Al laboratorio de destrucción le respondimos con ingenio y convicción. Al régimen brutal con nuestra lucha por la vida. A los barrotes y candados, con el sueño de la Utopía y la Libertad" subraya el grupo de autores.

Cuando la memoria se hace vida Coronda, como cárcel de extrema seguridad, fue desmantelada en 1979 y los presos políticos trasladados en distintas direcciones, a otras prisiones del país. Sin embargo fueron necesarios más de veinte años desde su clausura - y 17 desde el fin de la dictadura- para que esa experiencia colectiva comenzara a aflorar como testimonio y relato.A inicios del 2000 un grupo de los antiguos jóvenes detenidos, hoy adultos, canosos ybarrigones - al decir de ellos mismos- lanzaron la primera piedra que golpeó duro. El proceso fue largo: más de tres años hasta que “Del otro lado de la mirilla” ve la luz del día este septiembre del 2003. “Más de 60 ex-detenidos participamos directa y activamente en el proceso de recopilación y redacción. Más de 150 acompañaron de una u otra forma este trabajo horizontal” advierten los autores, para quienes el libro no fue más que un enorme y maravilloso pretexto de rencuentro con su historia. Un sinceramiento pendiente e imprescindible. Un grito desgarrado por un “¡Coronda nunca más!”.Un “¡Coronda, nunca más!” compartido también por Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nóbel de la paz y autor del prólogo, para quien este libro colectivo significa un aporte a la “...reconstrucción de la memoria. La memoria no es para quedarse en el pasado, nos debe iluminar el presente, porque es a través del presente que podemos generar el futuro” enfatiza. Risas y llantos, soledad y resistencia grupal, pérdidas y rescates se suceden en las 300 páginas de relatos personalizados que adquieren valor y vida en el colectivo. “Todo lo que cada uno relata fue vivido por la mayoría de los más de mil presos políticos que pasamos por Coronda” explican los autores.Vaivenes personales y militantes que atraviesan el largo laberinto de miles de días y noches con sus tantas otras pesadillas asociadas. Coronda fue y no será más. Los fantasmas la siguenrodando. Enero del 2002... Cuatro de los ex-presos visitan por primera vez, en grupo, la otrora fortaleza inexpugnable... “Los muros lloran y nosotros reímos.... simplemente, porque seguimos caminando. Viajando por la estrecha franja de la ruta, transitando entre esos dos mundos, como un símbolo que quisiera recordarnos que nuestro camino transcurre en el frágil límite entre la vida y la muerte, entre Coronda y la libertad” 23 años mas tarde: El regreso a Coronda: “Volver a donde nunca nos fuimos”“Entrar, entonces, en los setenta, era más fácil que salir. Volver, hoy, fue casi tan difícil como partir... Más de veinte años de distancia para confrontar esos muros que por primera vez veíamos sin ojos vendados, sin manos esposadas, con la frente en alto, desafiando los cuatro lustros repletos de voces, silencios y ausencias.
De golpe, nos reapropiamos sin pensarlo, en esa tarde pesada del febrero estival del 2002, de la mirada diferente con la que nuestras -madres- padres-hermanos-compañeras-hijos vierondurante años, desde el otro lado, las mismas y espesas paredes a las que se confrontaban en las espaciadas visitas.Nunca hasta entonces las dos caras de la luna - la de afuera y la de adentro-, la nuestra y la del otro cosmos oculto, se chocaron así, en décimas de segundos, para abrirnos paso a ese mundo amado y temido de vejámenes, reencuentro y almas partidas.Entramos los cuatro por la puerta grande. Sin pánicos angustiantes, ni santo y seña, ni “periscopios”, ni identidades ocultas. Sin esconder la historia y el legajo personal que pasó a ser, ¡por una vez!,milagrosamente, la llave maestra que abrió esa fortaleza donde intentaron hasta el cansancio triturar sueños juveniles y utopías adultas.Adentro, todo tomó una dimensión diferente a la de entonces. Los patios y pasillos parecían más pequeños; las puertas más vulnerables; las rejas y cadenas menos espesas; las distancias transitables. Como que la varita mágica del pasado lejano modificaba siluetas, volúmenes y espacios recortados. Los pabellones alineados, intercalados y escondidos, repetían aquella danza simétrica de los “buenos y los malos”, los “pesados y los livianos”, “los condenados y los rescatables”, sindiferenciar, ni antes ni ahora, los torrentes humanos del sufrimiento único, un tanto reprimido, casi siempre autocensurado. No era imaginable, entonces, reconocer dolor cuando lo único que alegraba al verdugo hubiera sido precisamente eso: nuestras lágrimas.Y con cada paso de ese largo recorrido por los laberintos de la historia colectiva, la necesidad incontrolable de verlo todo, cada detalle, cada rincón, cada curva, con los ojos propios - y sin vendas- de una historia no negociada, viviente, provocadora, estimulante.La enfermería -¡cuántos dolores!-; la salita del dentista -un rincón de humanismo-; las cocinas gigantes; la panadería humeante; los patios silenciados (por el recuerdo de la ronda individual, con cabeza baja, sin derecho ni siquiera a pispear el cielo); las “tumbas” tan laterales, horribles e inhumanas como cualquier instrumento de tortura en una cotidianeidad que era en sí la tortura misma.Las paredes asquerosamente amarillentas; el 5 maltratado - provocando casi la tristeza por una casa destruida, no amada pero enraizada-; los techos conventuales y españolizantes; la estructura arcaica de un cementerio de resucitados; las puertas groseras-verdes-implacables; las ventanitas y los agujeritos de respiración, allí, abajo, firmes, amigos solidarios, compañeros fieles de siempre...Las dos horas explotaron como años y los minutos se hicieron días, semanas y meses. No éramos nosotros sino otros, espejos encanecidos de aquella resistencia sin descanso que le dio sentido, una vez más, a esa vuelta a las entrañas de las propias angustias. Queríamos verlo todo por todos.Pretendíamos sentirlo todo, para todos....

Lentamente esa cueva de fantasmas agonizantes fue quedando a nuestras espaldas. Hasta la misma sala de la Comandancia-Dirección: ayer bastión inexpugnable, hoy, un simple escondrijo donde las voces de mando palidecen la otrora miserabilidad de guardias presos que custodiaban a presos libres.El crasch-crasch de candados y cadenas que se debilitan;...los muros detrás de los talones ...y la desesperación -como siempre- de huir velozmente. Sin por eso quebrar el ritual de regresar una vez más por algunos segundos y mirar de frente, desafiantes, los muros de la Cárcel de Coronda.Ver de nuevo con los mismos ojos de nuestros familiares. Tratar de escuchar, aunque más no sea por algunos segundos, las voces agónicas de los que hoy ya no están. Recuperar por última vez el perfil generoso de los que murieron en Coronda: el Gringo Voysard, Daniel Gorosito, Raúl San Martín y Luis Hormaeche... y de tantos otros por los que hoy también volvemos.Repetir ritualmente una entrada-salida voluntaria, en libertad, pensando en TODOS y gozando de nuestras utopías vivientes.Los muros lloran y nosotros reímos... simplemente, porque seguimos caminando.Cuando los muros siguen hablando“¿Cuál es el límite de la resistencia de un hombre? ¿Hasta dónde puede soportar lapersecución, los castigos, el aislamiento, la pérdida de los más elementales derechos y hábitos de la vida cotidiana? Pensé que era buena oportunidad para averiguarlo y me dije a mí mismo: para suicidarse siempre hay tiempo y formas, pero ahora, vamos a ver hasta dónde se aguanta. Así descubrí que la capacidad humana para soportar el sufrimiento parece no tener límites. A medida que se agudizaban los problemas, aparecían en nosotros reservas para enfrentarlos, quedesconocíamos y que nunca hubiéramos creído tener.”“¿Odiamos realmente a esa cárcel? Sé que odié a los hombres que me verduguearon, se que odié las rejas que me separaron de la libertad, al régimen injusto y aberrante que me impidió abrazar a mis seres queridos cuando más los necesitaba. Pero no odié a ese edificio que fue, de alguna manera, nuestra casa, nuestro territorio” * * * *El libro está dedicado a :Juan Carlos Voisard, Luis Alberto Hormaeche y Raúl Manuel San Martín, los tres muertos en la cárcel por falta de atención médica. Daniel Gorosito, arrancado de la cárcel y asesinado en RosarioA nuestros familiaresA nuestros compañeros muertos y desaparecidos;y a todos los que como ellos lucharon y luchan por la Vida

* * * * *Ficha técnica:Ediciones El Periscopio: el libro fue editado por la Asociación Civil “El Periscopio”, entidad sin fines de lucro, cuyo propósito central es contribuir a la promoción y el apoyo de proyectos de recuperación de la memoria histórica. Formato : 15 x 23 - 304 páginas con fotografías e ilustraciones Papel : obra blanco de 80 g. Tapas y solapas : cartulina ilustración de 270 g., impreso a 4 coloresEncuadernación : cosido

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"Lo escribimos porque en la historia social argentina no se sabe qué pasó con los presos políticos de la dictadura. Por el peso lógico de los hechos se habla mucho de los desaparecidos, pero no de lo que ocurrió en las cárceles", explicó Daniel Mansilla, que por los 70 militaba en la organización Montoneros, hasta que en 1977 fue detenido y trasladado al penal de Coronda. El texto colectivo de los ex detenidos se imprimió en los talleres gráficos Chilavert, una imprenta recuperada y todo lo que se recaude servirá para nuevas reimpresiones.

La experiencia de los corondinos fue particular. En ese penal había detenidos de tres organizaciones distintas: el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), Montoneros y la Organización Revolucionaria Poder Obrero. "Querían que nos matáramos entre nosotros, pero logramos una unidad inaudita. Habíamos formado una especie de mesa de organización que llamábamos ´la tripa´, por ser tripartita", recordó René "El Vasco" Irurzún, ex hombre del PRT y acutal miembro del Movimiento de Trabajadores Desocupados de Río Negro. "Para nosotros -completó- la cárcel era un paso transitorio, buscaban aislarnos de la lucha de nuestro pueblo. Por eso teníamos que mantener la moral muy alta y allí adentro debíamos prepararnos y formarnos para seguir con el proceso revolucionario"

Coronda estaba diseñada como una cárcel de máximo aislamiento. Según recordaron los ex detenidos, al principio sólo había dos detenidos por celda, después sólo uno y, por último, había uno por cada celda pero dejando vacíos los calabozos linderos. "Tuvimos que aprender a comunicarnos con los elementos que teníamos a mano. Nos volvimos duchos en morse, que lo hacíamos golpeando las manos o apenas pestañando. Escribíamos en papeles de cigarrillos con carbón de restos de pilas. Así nos comunicábamos con nuestros familiares o con los demás presos", explicó Irurzún.

"Nos aplicaron un sistema de aislamiento similar al que los franceses utilizaron en Argelia. No les importaba que quedáramos vivos, lo que buscaban era arruinarnos psíquicamente, por eso mantener la comunicación resultó fundamental. Tenemos el orgullo de decir que ninguno de los detenidos en Coronda se suicidó. Aunque lamentablemente hubo cuatro muertos, a un compañero lo mataron y otros tres murieron por falta de atención", señaló otro de los ex detenidos, Felipe González, autodefinido como la excepción de la regla: "Era un PRT cristiano".

Para Irurzún la resistencia de los corondinos no fue solo política, sino también afectiva y ese fue uno de los secretos de la supervivencia. Algo de eso debe haber: en el primer encuentro de ex detenidos de la cárcel de Coronda participaron 120 personas. En Coronda había tres pabellones, uno de "recuperables", otro para "medianamente recuperables" y el tercero para "irrecuperables", donde estaban alojados los tres militantes que participaron del taller. "Nuestra solidaridad era tan grande que a veces nos hacíamos castigar para ir a los chanchos (así llamaban a las celdas de castigo) para ir a contener a un compañero que estaba allí", relató Mansilla. Y Gonzalez rescató también las buenas relaciones que entablaron con los presos comunes, quienes ayudaban a mantener el sistema de comunicación para quebrar el aislamiento. "Adentro pensaba:´ Qué difícil es conseguir la unidad en libertad y estando aquí dejamos de lado nuestras diferencias ideológicas ante el enemigo común´". El entrerriano, a quien sus compañeros de detención habían rebautizado Chirola, rescató el humor que lograron conservar a pesar del sufrimiento en el cautiverio. "Teníamos una visita de 15 minutos cada 45 días. Una vez, a un compañero le habían dicho que nos iban a empezar a largar en tandas, vino y lo contó. Al rato otro, vio por su ventana como cargaban un camión lleno de ataúdes y le gritó socarronamente: "Ché, ahí largan a la primera tanda".

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Ex presos políticos de Coronda presentaron en el teatro La Comedia, a sala llena, “Del otro lado de la mirilla. Olvidos y memorias”, una obra colectiva testimonial de quienes estuvieron en esta carcel entre 1974 y 1979. Un encuentro, pero también una celebración de la posiblidad de reunirse y construir colectivamente esta parte de la historia. Con testimonios de ex presos y la participación de Darwinia Galicchio y el obispo Pagura, la presentación concluyó con la invitación a todos aquellos que sufrieron la carcel durante la dictadura a subir al escenario.

Hombres y mujeres de entre cuarenta y sesenta años. Muchos abrazos, emotivos reencuentros. Ese era el paisaje en la entrada del teatro La Comedia el jueves a la tardecita, a donde concurrieron quienes llenaron la sala para la presentación de "Detrás de la mirilla. Olvidos y memorias de ex presos políticos de Coronda 1974-1979”. “Obra colectiva testimonial “define la tapa del libro, de la que participaron más de cincuenta ex corondinos. De manera simultánea se presentó el libro en la ciudad de Santa Fe.

Participaron de la presentación Alfredo “Araña” Bivono, quien leyó fragmentos del libro, e interpretó la voz de un carcelero en el inicio del acto, a oscuras. Luis “Nono” Ortolani (conocido como Luis Saavedra) fue el presentador. Participaron además Carlos "Bujía” Usinger, Sergio "Chupamiel” Ferrari, Augusto “Camote” Saro y Victorio “Zaino” Paulón, todos ex presos corondinos, que incluyeron en el relato de sus experiencias y estrategias en la cárcel, sus nombres y apodos de esos años. También estaban allí Darwina Galicchio, Madre y Abuela de Plaza de Mayo, Federico Pagura, obispo emérito de la iglesia metodista y Rubén Chababo, director del Museo de la Memoria.

Desde el inicio nos fueron introduciendo en la jerga carcelaria, y en códigos de aquellos años. De a poco fueron explicándonos qué es el Tenemismo. “Libraba de falsas expectativas a los presos” introdujo Ortolani. Entre los principios del pesimismo tenemista se encontraba "Cárcel o Muerte. Perderemos”. Pero quien terminó de aclarar el origen de esta doctrina fue el propio Negro Tenemo, que fue invitado a subir al escenario. Víctor Hugo Ortiz, trabajador municipal , preso desde el 75 al 81, contó que el Tenemismo surge de una disputa con un santafesino. “En Santa Fe tenemos el puente” afirmaba el santafesino y Ortiz restrucaba, “y nosotro tenemo el Parque Independencia, tenemo". "Había algunos que venían muy ilusionados. Nosotros les matábamos la ilusión para mantener viva la esperanza, que es a más largo plazo" explicó Tenemo.

El libro fue impreso por la Cooperativa Chilavert, recuperada y gestionada por sus trabajadores, en un gesto coherente con esas banderas; con prólogo de Pérez Esquivel y fragmentos de Eduardo Galeano.

En el acto se mencionaron especialmente a Daniel Gorosito, fusilado al salir de la cárcel y Luis Alberto Hormaeche, Raúl San Martín y Juan Carlos Voisard, que murieron por falta de atención medica. A los cuatro está dedicado el libro.

Darwinia Galicchio destacó que “como ellos debemos enfrentar el silencio”, y cerró con las palabras del Subcomandante Marcos “La memoria funda el mañana”.

Victorio Paulón, dirigente de la CTA, destacó la importancia de sacar estas experiencias de esta forma, colectiva. Señaló que se debe tener en cuenta que en Coronda “no fue donde peor lo pasamos”. Tal vez por este motivo y por como estaban distribuidos en Coronda se creó un vínculo peculiar entre los presos.

“Ustedes fueron luchadores libres, en momentos, y cautivos en otros, pero siempre vivos, coherentes, comprometidos, creativos y apasionados” fueron las palabras que eligió el Obispo Pagura. Y aportando al humor que caracterizó al acto pidió disculpas por no haber podido terminar de leer el libro debido a las dificultades que le causaba la jerga carcelaria (el libro cuenta con un glosario al final). “Ojalá no haya incorporado el léxico tan original de la vida carcelaria para que luego de esta lectura mi homilía no suene a una extraña mezcla de sánscrito y lunfardo",

Sobre el final del acto todos los ex presos políticos de Coronda, y todos los hombres y mujeres que sufrieron cárceles en la dictadura fueron invitados a subir al escenario. Y comenzó una peregrinación desde la butacas hacia las escaleras. En unos minutos eran mayoría, y una vez arriba estrechos abrazos y encuentros muy emotivos, celebrando esta posibilidad: la creación colectiva a partir de una experiencia trascendente y silenciada hasta hoy.

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"El periscopio fue nuestra gran arma de combate"

Por Miguel Espinaco

- "Ni el terror paralizó la resistencia, ni el tiempo pudo con la memoria. Del otro lado de la mirilla, son páginas mojadas por lágrimas y secadas por alegría y vida. Sesenta ex-presos políticos de la cárcel de máxima seguridad de Coronda, Provincia de Santa Fe, presentan esta tercera semana de setiembre el primer libro colectivo de esta naturaleza en Argentina, y tal vez en el continente". Nos acompañan en los estudios de la 98.1, José Luis Hisi,
René Coutaz y Ricardo Rivero, parte de los autores de este testimonio que tiene muchísimos autores y que resume, como dice el libro en la tapa, los "olvidos y memorias de ex Presos Políticos de Coronda".

Así empiezan las cosas en el aire el domingo a la mañana en el programa de radio de El Mango del Hacha, pero en realidad las cosas habían empezado una semana antes, cuando habíamos recibido un ejemplar de este libro que se había comenzado a pensar - aunque fuera por aquellos días sólo sueño y bosquejo - en una reunión en diciembre de 1999.

Los autores lo cuentan en la Introducción del libro que está sobre la mesa de trabajo: "Nos reunimos veteranos compañeros de las cárceles de la dictadura genocida, protagonistas de una época trágica que marcó a fuego a nuestra sociedad y a parte de los sobrevivientes de una generación política que se atrevió a enfrentar a los "dueños" de nuestro país y del mundo. De pronto, rodeando una mesa, algunos nos encontramos en las miradas de una identidad común; sin darnos cuenta, los ex presos corondinos presentes en aquella reunión nos habíamos agrupado dejando de lado toda pertenencia política del pasado. Sentimos que el espíritu unitario que habíamos forjado tras los muros dos décadas atrás, seguía latente y predominaba entre nosotros. Alguien preguntó entonces: - ¿Hasta cuando vamos a decir que los ex presos políticos, testigos directos del terrorismo de Estado, todavía no hemos dado testimonio colectivo a la sociedad, acerca del funcionamiento de esa maquinaria del horror? - Y terminó diciendo: "empecemos por Coronda".

Las primeras preguntas discurren por la génesis, por cómo pensaron en escribir este libro, por la cuestión del cómo relatar para que no fuera una sucesión de crónicas, para que enganchara en la lectura y sirviera para contar, para comunicar a los lectores estos olvidos y memorias de casi treinta años atrás. Los reportajes en radio tienen siempre cierto tono de ping pong que fabrica un discurso tamizado, custodiado por expertos, filtrado por la formalización a la que invita el micrófono, una distancia de carta. Por eso lo mejor del reportaje surge cuando suena la música. Y el oyente se lo pierde.

Antes del corte, es José Luis el que se encarga de contar esos problemas de parto que vivieron durante el nacimiento del libro que ahora es realidad:

- Se larga la idea en la primera reunión grande que tuvimos. Empezamos a juntar material y se juntaba y se juntaba material y bueno, cómo uníamos todo eso. Entonces se planteó en la reunión de enero del 2001, la reunión que se hizo en Rincón, como compaginábamos todo eso. Lo que teníamos que tener claro era el aspecto testimonial del libro, no es cierto? Después, que también fuera expresión de las distintas voces que componían el libro. Se puede ver en el libro, en los distintos capítulos, que hay distintas facturas, distintas formas de escribir, que había gente que tenía experiencia en escritura y otra gente que no tenía ni idea, entonces bueno, esto fue un arduo trabajo de juntar material, de cortar, de pegar, mucho trabajo de computación, de ir hilvanando en un solo hilo conductor, a través de un personaje ficticio que fuera contando estos capítulos como en primera persona. O sea es como una especie de relato de un personaje ficticio que va contando las distintas alternativas que fuimos pasando.

Algo de música y volvemos.

Las formas de la radio exigen cortar los reportajes, segmentarlos, separarlos con música. Y esas mismas formas obligan a recordar que hay oyentes que recién sintonizan y entones hay que repetir estamos con José Luis Hisi, con René Coutaz y con Ricardo Rivero, algunos de los autores de Detrás de la mirilla. Y esas mismas formas obligan a dejar una pregunta planteada para después de la música. Entonces, les propongo que después nos cuenten por qué el grupo que hizo el libro se llama El Periscopio.

La luz de aire se apaga, y de pronto cambian todas las formas, de pronto ya estamos hablando como en la mesa de un bar y Ricardo no deja pasar ni un segundo:

- Aclará que lo de Gervasio no era ficticio. Porque vos dijiste un personaje ficticio, pero Gervasio no era ficticio.

Todos nos reimos porque sabemos que Gervasio era el carancho del comandante. Ellos lo conocieron en Coronda y yo lo conocí en un capítulo del libro en el que a través de su aparición y de su fin, los autores lograron contar el aburrimiento y el tiempo que pasa con esa lentitud que lo hace eterno.

- No, vos sabés que el Gervasio era una cosa extraordinaria. Era un bicho que te hacía reir. Yo realmente lo amaba a ese bicho, después lo hicieron cagar estos hijos de puta. - cuenta José Luis y se acompaña con un gesto vago que me hace pensar que las decisiones sobre Gervasio no deben haber sido unánimes, que el tema debe haber tenido una importancia desmesurada entre el vacío de esos días.

- Vos sabés que era un bicho - sigue - que te divertía, no se por qué, pero estaba habituado a la gente, entonces se tiraba, jugaban los gendarmes a la pelota y el bicho corría detrás de los gendarmes, iba buscando la pelota, era como si jugaba a la pelota, era una cosa única, nunca vista.

- Pero era una cuestión de principios hacerlo cagar - interrumpe de nuevo Ricardo y todos volvemos a reirnos.

- Era la representación del enemigo, había que hacerlo cagar, y los del barrio de éste lo hicieron cagar al pobre Gervasio, pero era muy cómico, además no teníamos nada para reirnos, entonces las poquitas cosas..... - dice José Luis, pero René lo interrumpe.

- Lo tenían para que matara las palomas y las palomas eran un símbolo nuestro, creían que mandábamos mensajes, qué se yo que delirios tenían, viste?

- Las pocas cosas que teníamos a nosotros nos servían para hacernos un mundo - José Luis sigue el hilo de su idea - o sea, descubríamos por ejemplo cosas nunca vistas, lo que hacen las ratas corriendo por los árboles buscando los nidos, cómo saltan de un lado a otro, los gatos con las gatas, el palomo, todo el viaje que hace el palomo para seducir a la paloma, las arañas....

- Claro, cada cual tenía un bichito mascota. - dice Ricardo.

- Todos tenían una mascota, que era una araña, una rata. - interrumpe René.

- ......hay que ubicarse en una persona que está sola en una celda, veintitrés horas del día.

- En el caso tuyo era siempre 24. - lo corta José Luis para que Ricardo acepte entre risas.

- Siempre, siempre.

- Lo vivían castigando. Siempre adentro. Yo tuve 20 castigos, pero este tuvo como 40, o sea que él no salía casi nunca al patio, entonces.... - de golpe se pone de nuevo serio - Era un uso de los tipos para incomunicarnos, porque de última si vos tenías muchos castigo no tenías visitas ni recreos, entonces el aislamiento era total, vivías siempre castigado. Después no hubo más visitas, después se cortaron las visitas.

- Después cuando te daban, te daban 15 minutos cada 45 días, una cosa aberrante, y encima te la cortaban por un castigo. Por ejemplo vos tenías la habitación limpia y venían y te decían tiene telaraña detrás del inodoro y pum, cerraban la puerta atrás tuyo. Vos te ponías a mirar y no había nada, pero te inventaban el castigo para seguir con la presión sicológica, más sicológica que física. Cualquier cosa servía para castigarte.

- Cuando hacían golpizas en el 77, las hacían así al boleo, todos los dìas uno distinto. No eran golpizas fuertes. Salvo que alguno se retobara como uno que una vez se enojó con el milico y lo sentó de culo de una piña, ese sí que ligó mucho. Pero la mayorìa de los compañeros cuando recibìan algún golpe no era tanto, pero era para, digamos, para hacerte saber que todos los dìas podía ligar uno. En cambio en otros lugares era destrucción, así ,brutal. En La Plata, por ejemplo, llegaron a matar a golpes a compañeros, por la biaba que le daban. Córdoba también...además de sacarlos los fusilaban en el patio. En Córdoba, Menéndez ordenaba fusilamientos en el patio de la cárcel. O sea era aniquilamiento total. Estos no. Estos eran más sutiles.

- Estos venían de antes de la dictadura. Ellos tampoco deben haber podido renovar el personal. - me meto yo en el diálogo.

- Claro - dice René - después vino el de Gendarmería que era un reventado hijo de puta, que tenìa todo planificado,viste, que no se le escapaba nada.

- Pero igual no tenía tropa - es José Luis el que vuelve a hablar - El tenía muy claro que hacer, pero la tropa era el Servicio Penitenciario, entonces el Servicio Penitenciario venía acostumbrado a toda una dinámica....¿me callo?

Otra vez al aire.

MdH: la pregunta que quedó picando es por qué se llaman el periscopio?

Ricardo: el periscopio es porque fue nuestra gran arma de combate, si se puede llamar así. O sea, ante una realidad muy dura, de aislamiento, de mucha perversión, de tratar a la persona de llevarla a sus rincones más íntimos, digamos, para acercarlo a la locura, digamos, teníamos que confrontarlo con lo que teníamos, y eso significaba poder hacer algo en la celda, poder cantar, poder hablar con el compañero de la otra celda de al lado, hacer algo de gimnasia, comentar algún libro, una película. Entonces para esos necesitábamos algún instrumento que nos permitiera controlar el ingreso de los guardias al pabellón. Ese instrumento fue el periscopio, que fue un aparatito que era un pequeño espejito al principio, sotenido con miga de pan o con alguna latita que se sostenía con una pajita, o con alguna cosita así. Con eso se hacía, se sacaba por los agujeritos que hay abajo de la celda y se miraba el ingreso del personal penitenciario al pabellón.

MdH: O sea un palito, algo que sostiene un espejito que puede ser miga de pan, y que se utilizaba como un periscopio de un submarino, para de esa forma tratar de ver el movimiento de los guardias.

Ricardo: Claro, es una comparación con el periscopio del submarino que sale a la superficie para verificar la presencia del enemigo. Ese periscopio se fue perfeccionando y se fue haciendo cada vez más chiquito, porque primero lo sacábamos por la ventanilla por donde nos pasaban la comida y después nos cerraron la ventanilla, nos quedaron los agujeros de respiración de abajo de la puerta, lo sacábamos por ahí, y de ahí se contralaba quién venía y quién salía. Algún compañero miraba si venían o no venían los del Servicio Penitenciario, se daba el aviso que no había nadie, entonces los compañeros podían hacer las actividades que eran las actividades de cualquier ser humano, hablar con otra persona, cantar, reir, hacer un poco de gimnasia. Y bueno, y eso nos permitió sobrevivir, o sea ese mundo chiquito nuestro, de solidaridad y de camino en común, nos permitió salir adelante. Y bueno, entonces, un poco en homenaje a esa arma, le pusimos el periscopio a la asociación civil que hemos creado.

MdH: Una especie de inversión del panóptico, no? No son los guardias los que los miraban a ustedes, sino ustedes tenían la posibilidad de ver con ese instrumento si entraban o no los guardias para poder hacer cosas que no permitían, como por ejemplo silbar, cantar fuerte, bañarse, un montón de actividades....

Ricardo: había momentos que no se podía abrir la boca. Si el celador o guardia miraba por la mirilla y vos estabas hablando, a lo mejor hablando solo, lo interpretaba como que estabas hablando con el de la celda de al lado, o que estabas cantando y eras sancionado. Los argumentos para sancionarnos eran irrisorios, incluso no había un reglamento al cual cumplir, porque si no nos hubiéramos acatado a ese reglamento, directamente era regla sobre regla que cada día se imponían o se imponían más, cada vez más restricciones, más restricciones, para hacerlo insoportable. Era tratar de desgastarnos.

MdH: Tienen presentaciones del libro previstas para estos días. El libro noté que tiene, no se si te conté al aire, que tiene el prólogo de Adolfo Perez Esquivel, también hay una nota, unas palabras de Galeano. Se le ha dado la importancia que merece a este primer trabajo colectivo de este tamaño, no? Aunque ustedes decían que había un antecente que habían utilizado.

José Luis: Si, tenemos algunos antecedentes colectivos en la Argentina y también tomamos en cuenta una obra poco difundida en Hispanoamérica, pero conocida por algunos especialistas, que es la escritura o la vida Jorge Semprum. Este guionista de cine, que es más conocido por sus guiones que por su obra literaria, es el guionista de Zeta y de Estado de Sitio. Cuando era joven estuvo en un campo de concentración. Siendo español, después de la guerra civil se tuvo que asilar en Francia, y en Francia participaba de la resistencia con los maquis y como tal cayó detenido. Fue a parar a un campo de concentración, en una localidad cercana a Weismar y posteriormente, cuando salió se dedicó a la escritura, pero mucho tiempo estuvo dedicado a la ficción y recién en la década del 80 publica un trabajo que si bien no es colectivo, refleja la vida colectiva dentro del campo de concentración. Y ese libro lo conseguimos, fue a propuesta del compañero Bas que está actualmente en Buenos Aires y nos sirvió de mucho porque realmente allí vimos una serie de aspectos interesantes para rescatar, más allá de la identidad de los distintos compañeros. Es la fuerza del colectivo, la fuerza del ser humano trabajando en conjunto, organizandamente en forma solidaria, recién decían ustedes lo del uso del periscopio. Hay cuestiones como por ejemplo pasar un medicamento que también estaba prohibido. Cuando teníamos algún compañero asmático, cosa que también está relatada en el libro, se utilizaba otro instrumento que es un hilo que se revolea de ventana a ventana, que se llama la paloma, y mediante esa paloma se le hizo llegar al compañero que estaba con un ataque de asma el aerosol que le salvó la vida. Todo eso se tenía que hacer con la guardia propia que posibilitaba el periscopio. Ese tipo de anécdotas, o compartir por ejemplo el tabaco, cuando había compañeros que no tenían dinero para comprarse tabaco para poder fumar, o poder pasar a veces un refuerzo de comida para alguien que necesitaba comer más, las raciones eran escasas, bueno, todo ese tipo de cosas, nosotros sabíamos que eran importantes, pero no sabíamos bien como darle forma, y pensábamos que si la cosa era pura anécdota, pura anécdota tipo crónica podía ser pesada. Entonces ahí tomamos el modelo literario de Jorge Semprum, la escritura o la vida, y como el mismo, hicimos esta cuestión de los saltos temporales y narrar los momentos de la escritura en presente y los momentos evocados que son anécdotas, de las cuales no se hace cargo nadie en especial pero que son anécdotas reales y están noveladas para que la lectura se vuelva más llevadera.

MdH: Estamos a día de la presentación, o mejor dicho de las presentaciones del libro..

José Luis: Si, en Santa Fe se presenta el día 25 a las 20 horas en el marco de la feria del libro, el 25 este mes, pero antes se realiza en Buenos Aires el 18, en el Centro Cultural General San Martín, con la presencia de quien hiciera el prólogo de este libro, Adolfo Perez Esquivel y también la presencia de Estela Carlotto. Estela Carlotto también va a hacer el esfuerzo de venir a acompañarnos a nosotros aquí en Santa Fe el 25 de setiembre

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EX PRESOS POLITICOS RECREAN SUS DIAS EN PRISION
Desde la cárcel al escenario
Los ex detenidos de Coronda son los autores de la obra de teatro que se estrena hoy en el Rojas, donde cuentan, en clave dramática y de humor, las penurias que vivieron tras las rejas, entre 1975 y 1983.

Junto a los actores, participan como relatores algunos de los ex prisioneros.

Por Carlos Rodríguez
–En esos días de julio de 1917, Petrogrado estaba convulsionada. Los obreros deciden lanzarse a la insurrección contra Kerenski. Los bolcheviques, aunque no la creían oportuna, la acompañan. Retransmitan.
–¡Dale Conejo! Retransmití en tu barrio, que está despejado.
–En los primeros días de julio del 17, la Revolución Rusa empieza en Petrogrado, los laburantes se armaron con fusiles y escopetas y tomaron las radios, el canal de TV, la casa de gobierno y metieron en cana al zar. La consigna era: “Todo el poder a los obreros, perdón, digo a los soviet”.
–Pará, animal, repetí lo que yo digo, la TV no existía y vos la inventaste ahora.
Los actores que ensayan en el quinto piso del Centro Cultural Rojas, sobre una estructura metálica que simula las ventanas embarrotadas de la cárcel de Coronda, en la provincia de Santa Fe, actúan un diálogo que podría ser de ficción, pero que no lo es, a pesar de los errores históricos. El texto es el mismo que aparece en el libro Del otro lado de la mirilla, escrito, sobre hechos reales, por un centenar de ex presos políticos de los últimos años del gobierno peronista de Isabel Perón y López Rega y de la posterior e inmediata dictadura militar. La clase sobre la revolución de 1917 era dada por un interno que se comunicaba con sus compañeros, en otros pisos, por medio del conducto del inodoro, levantado al efecto. La palabra llegaba clara, a pesar de las aguas oscuras de la vía de comunicación elegida. La única que era posible en ese despojado rincón del mundo en el cual transcurrían sus vidas.
Cuando uno de los que retransmite el relato aclaraba que “el barrio” –la zona de la cárcel donde habitaban– está “despejado”, quería decir que no había guardias en las cercanías. La verificación la hacían dos o tres de los detenidos, la panza contra el piso, mediante la utilización del “periscopio”. El diccionario carcelario explica que ese instrumento de fabricación casera “consistía en un trozo muy pequeño de vidrio pegado sobre una masa de pan (oscurecida con ceniza) y sostenido por una paja de escoba”. Mientras espiaban con un ojo por la hendija inferior de la puerta, el vidrio devenido espejo permitía campanear la llegada de los borceguíes de los guardias. Si el vigilante se acercaba, un “isa” oportuno, seco, movilizaba la maquinaria humana, que regresaba todo a su lugar. La clase tenía que ser suspendida. Hoy, la editorial que publicó el libro original, se llama, agradecida, El Periscopio.
–¡Che! Nono. ¿Los soviets, eran laburantes? ¿Qué eran?
–¿Eran como los sindicatos del PC?
–No. ¡Pará que explico!
–¿Eran las 62 Organizaciones?
–Eso es del peronismo, bruto.
–No chicaneen...
Por momentos, la trama se pone jocosa, por momentos estalla el drama siempre contenido o explícito, a lo largo de la obra dirigida por Graciela Camino, con participación de los actores Adrián Díaz, Juan Pablo Fuertes, Javier Isaurralde, Agustín Labiaguerre, Hernán López, Mariano Moral y Tomás Raele. Otro punto fuerte es la intervención, como actores-relatores-memoria viviente, de algunos de los auténticos ex presos políticos de Coronda, todos ex miembros de las organizaciones armadas que soñaron con una revolución que parecía estar “a la vuelta de la esquina”. Felipe González o “Chirola”, José Kondratzky o “Mandrake”, Augusto Saro, Alfredo Vivono, Carlos Selva y otros que se irán sumando al escenario son “los Coronda viejos”.
Los jóvenes del elenco, los que personifican a aquellos pibes de 20 años o menos, son “los Coronada nuevos”. Juntos son Coronda en Acción, la obra que hoy sábado sube a la escena del Rojas, en tres funciones que se harán a las 19, a las 20 y a las 21 horas. Será apenas la presentación, porque luego de un ajuste en los ensayos, esta “intervención político teatral” será presentada en distintos

servido por Jorge Daniel 2 comentarios compártelo

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Valentino

Valentino dijo

HACE AÑOS, ESTANDO EN EL PABELLÓN 5.... UN MATRIMONIO CON SU HIJA PASARON A MATAR FANTASMAS O MEJOR DICHO LIBERAR, LO QUE EL ESTADO REPRESOR DEJO DENTRO; YO LES ABRÍ LA PUERTA DE ESA CELDA.
aHORA ESTOY DETENIDO EN LAS fLORES, Y ME GUSTARÍA VER ALGÚN DIA EL VIDEO QUE FILMARON.... DE SER POSIBLE CON EL APELLIDO VALENTINO, Y NOMBRAN LA RESIDENCIA UNIVERSITARIA... POR TODO GRACIAS.

24 Febrero 2010 | 11:23 PM

Valentino

Valentino dijo

QUISIERA PODER RECUPERAR ESE LIBRO, YA QUE UNA REQUISA ME LO ROBO, DONDE PUEDO COMPRARLO??

3 Marzo 2010 | 12:45 AM

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Jorge Daniel Pedraza (Coco)

Santa Fe, Argentina
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Jorge Daniel Pedraza (Coco), nacido en la ciudad de Santa Fe el 28.04.54, casado, abogado, T.E. (0342) 155.013524, con estudio jurídico en Avda. General López 2889, Santa Fe. E-mail: jpedraza@cpn.org.ar Blog personal: www.lacoctelera.com/jorgedanielpedraza

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